La sangre contaminada es uno de los principales vehículos de transmisión de la infección debido a la presencia de partículas virales y de células infectadas que son la principal fuente de virus. La transmisión sanguínea comprende: la transfusión de sangre o hemoderivados como factores de la coagulación (en hemofílicos); las agujas y las jeringas contaminadas; la vía intramuscular o la subcutánea con material inyectable u objeto contaminado (enfermería, cirujanos, odontólogos); y el contacto directo a través de mucosas o piel lesionada con sangre u otros materiales que contengan sangre o por salpicaduras de sangre, incluido el líquido cefalorraquídeo (LCR). El contagio accidental por salpicaduras de sangre, LCR u otros humores, por pinchazos u otras heridas constituye una excepción.
Los tres grupos de poblacionales más afectados son los adictos a drogas (el más numeroso), los hemofílicos y los receptores de transfusiones ocasionales. Se incluye en este último grupo a los transplantes contaminados. Exceptuando la transmisión en consumidores habituales de drogas intravenosas, la transmisión sanguínea se ha reducido significativamente debido a los métodos actuales de rastreo de donantes seropositivos.


